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Respuesta al Artículo de Opinión “La Dictadura del Funcionario” de D.M.Martín Ferrand

RESPUESTA AL ARTICULO DE OPINION “LA DICTADURA DEL FUNCIONARIADO” DE D. M. MARTIN FERRAND

Sr. Martín Ferrand son muchos ya los comentarios despectivos y miserables que se están lanzando contra los funcionarios, esa casta, como usted los llama de la que yo formo parte. Pero es precisamente su artículo de opinión, por venir de quien viene, todo un profesional del periodismo, al que yo, sinceramente creía, objetivo y sensato, el que me ha encendido sobremanera y no quiero pasar por alto mi oportunidad de respuesta porque no ha podido ser más subjetivo, más insensato y sobre todo, más erróneo en sus planteamientos contra nuestra “casta”.

En primer lugar, ni yo ni ninguno de los muchos compañeros a los que trato nos sentimos ni tenemos porqué sentirnos servidores de nadie, y mucho menos queremos ser servidos. Le aclaro que en mi declaración a Hacienda no consta que sea servidora de nadie, sino una empleada por cuenta ajena; en este caso, mi empresa es la Junta de Andalucía, a la que accedí por cierto tras unas duras oposiciones y que tras, 25 años de servicio como Administrativa (es decir 8 trienios), teniendo un complemento de exclusividad que me obliga a trabajar, como minimo, 110 horas más al año que al personal que no lo tiene y gestionando un Negociado, cobro 1.500 €, de los cuales usted se cree muy dueño de rebajar un 20%.

Comenta que por la crisis es el funcionariado el que tiene que ver disminuidos sus ingresos, ¿por qué?, ¿es que en épocas de “vacas gordas” el Gobierno hace conmigo reparto de beneficios? ¿Está usted quizás dispuesto a darme algo de sus ingresos cuando éstos sobrepasen lo que habitualmente cobra? ¿Está dispuesto acaso a hacerlo algún profesional “libre” de este país?

Le pongo un ejemplo muy concreto. Un vecino de mi bloque, trabajador de la construcción, tan discreto en ingresos como yo hasta el “boom” urbanístico, ha podido invertir y comprar 2 pisos más en Sevilla capital. Es cierto, ahora está en paro y yo y toda mi casta hemos contribuido a que pueda cobrar el subsidio de desempleo, porcentaje que pagamos todos los meses aunque a nosotros no nos haga falta, pues jamás lo cobraremos. Además, usted pretende rebajar mi sueldo un 20% para “repartir”con él y muchos como él que ahora no les va bien. ¿Hablaría usted para que me cediera uno de sus pisos y así dejar la hipoteca del único pisito que poseo y que me está quitando el sueño? Los dos creemos que él no estaría dispuesto, ¿verdad?.Pues yo tampoco a darle un 20% de mi sueldo.

Habla también de que pretendemos vivir sin la incertidumbre que acompaña a otros ciudadanos. Pues sí, Sr. Martín, de eso se trata, aspirar a ser funcionarios es aspirar a poco materialmente en la vida, nunca seremos ricos, pero aspiramos a la estabilidad en el empleo, recurso al que puede aspirar cualquier persona, usted también, aprobando unas oposiciones. Por tanto, si yo he aspirado a “ganar poco y vivir tranquila” es un derecho adquirido y no, no me he adueñado de nada ni considero mi puesto hereditario. Mis hijos se lo tendrán que currar y posiblemente más que los suyos, por venir de una familia más humilde o sencilla como quiera llamarlo. Y es en este punto donde más me enciendo, ¿con qué derecho se cree a proclamar a los cuatro vientos que mis dos hijos (estoy separada) tengan que vivir con un 20% menos de lo que viven?

Ah y yo declaro hasta el último céntimo que gano (y todos sabemos que eso no es así en todas las profesiones, que hay mucha “economía sumergida”), por lo tanto no intente “calentarle” el ánimo a nadie con el hecho de que son los ciudadanos con sus impuestos los que me retribuyen , nosotros también contribuimos y mucho a las arcas del Estado.

Y una cosa más, considero el trabajo de esta casta mucho más importante para el país que el de su profesión, por ejemplo. Si no escribe un dia un artículo no pasa absolutamente nada, pero si mis compañeros de la Sanidad, la Enseñanza, los Cuerpos de Seguridad… no acudieran a su trabajo…

En fin Sr. Martín piense más lo que escribe antes de hacerlo.

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El nivel de estupidez de los jefes se recupera

Buenísimo artículo de Lucy Kellaway en The Financial Times donde se confirma una vez más que la realidad supera la ficción (sobre todo en estupideces):

Estamos ante el fin del mercado bajista en el número de estupideces que cometen los jefes. La semana pasada, me topé con dos indicios que apuntan a que el breve flirteo de los ejecutivos con la sensatez, que empezó el día en el que presenciaron los primeros despidos en Lehman Brothers, se ha acabado.

Es momento de superar todos los récord de estupidez. Un amigo que trabaja en una gran multinacional me contaba que, cuando llegó el otro día a la oficina, el departamento de RRHH de su empresa había dejado una botella de agua en las mesas de todos los trabajadores del edificio de once plantas, a las que acompañaba una pequeña tarjetita en la que había dibujados una serie de gotas en diferentes tonalidades, del amarillo al ocre. Éstas representaban el color de la orina dependiendo de la cantidad de agua consumida.

La iniciativa pretendía ser una invitación a los empleados a beber más. Según se decía en la tarjeta, los trabajadores con mayor nivel de deshidratación son menos productivos. Éste es el ejemplo más extremo de intromisión en asuntos que no son de su incumbencia que he visto en un departamento de RRHH. Desde mi experiencia, incluso los niños desde las edades más tempranas saben perfectamente si están deshidratados. Cuando tienen sed, beben. Tan sencillo como eso. Por lo menos, la dichosa tarjeta amarilla, aunque pueda resultar ofensiva y ridícula, tiene que haber salido barata.

Una iniciativa más costosa que nos recuerda que los jefes han recuperado el nivel de estupidez anterior a la crisis proviene de una empresa aún más conocida. El mes pasado, esta compañía mandó a todo su equipo directivo a EEUU durante una semana para hacer un curso con el Instituto del Futuro sobre las diez técnicas más importantes para prosperar.

La primera de éstas se conoce como el “Instinto creativo”, definido como “la capacidad de convertir nuestro impulso creativo natural en una habilidad que defina nuestro futuro y nuestra relación con los demás”. Dado que es dificilísimo saber a qué habilidad se refieren, resulta imposible distinguir si uno tiene o no esa habilidad. A los futuros líderes también se les invita a trabajar su “bioempatía”, “la capacidad de identificarse con la naturaleza y de entender, respetar y aprender de sus costumbres”. Si tenemos en cuenta, por ejemplo, que algunas especies animales se comen a sus crías, sólo nos cabe esperar que nuestros directivos no se tomen al pie de la letra este consejo.

Otra de las técnicas se denomina “Transparencia Tranquila” o la “capacidad de mostrarse abierto y realista sobre lo que nos importa, pero sin llegar a revelar cómo somos”. Ésta es la menos viable de todas. En el futuro, los gestores de éxito tendrán que seguir dándose el mismo bombo que ahora.

Durante cinco días completos ninguno se atrevió a decir: esto es una auténtica estupidez. Todos se callaron y siguieron los consejos sin poner trabas. El motivo de que esta actitud resulte tan escandalosa es que no se trata precisamente de una vieja empresa. Es una multinacional respetada y temida, famosa por contratar a los mejores, quienes, si se parasen a pensarlo cinco minutos, seguramente concluirían que las características del liderazgo en el futuro serán las mismas que en la actualidad.

Estas implican fijar la estrategia adecuada y después ejecutarla, lo que a su vez exige rasgos bien conocidos como inteligencia, decisión y rigor.

Se habrán dado cuenta de que no he nombrado a ninguna de las empresas. Esto se debe a que, pese a que es posible que el mercado bajista de sandeces haya terminado, ese no es el caso del mercado bajista del valor. En la actualidad, el miedo y la paranoia están aún más presentes en la vida empresarial que hace un año. Cada una de las personas que me contó su historia me pidió que no diera pistas sobre la identidad de su empresa. Sabían que, de descubrirse, habría una ejecución pública. Ninguno de ellos albergaba dudas sobre cuál será la principal aptitud de liderazgo en el futuro: la habilidad para conservar tu empleo.

Vía: Expansión

Estamos ante el fin del mercado bajista en el número de estupideces que cometen los jefes. La semana pasada, me topé con dos indicios que apuntan a que el breve flirteo de los ejecutivos con la sensatez, que empezó el día en el que presenciaron los primeros despidos en Lehman Brothers, se ha acabado.

Es momento de superar todos los récord de estupidez. Un amigo que trabaja en una gran multinacional me contaba que, cuando llegó el otro día a la oficina, el departamento de RRHH de su empresa había dejado una botella de agua en las mesas de todos los trabajadores del edificio de once plantas, a las que acompañaba una pequeña tarjetita en la que había dibujados una serie de gotas en diferentes tonalidades, del amarillo al ocre. Éstas representaban el color de la orina dependiendo de la cantidad de agua consumida.

La iniciativa pretendía ser una invitación a los empleados a beber más. Según se decía en la tarjeta, los trabajadores con mayor nivel de deshidratación son menos productivos. Éste es el ejemplo más extremo de intromisión en asuntos que no son de su incumbencia que he visto en un departamento de RRHH. Desde mi experiencia, incluso los niños desde las edades más tempranas saben perfectamente si están deshidratados. Cuando tienen sed, beben. Tan sencillo como eso. Por lo menos, la dichosa tarjeta amarilla, aunque pueda resultar ofensiva y ridícula, tiene que haber salido barata.

Una iniciativa más costosa que nos recuerda que los jefes han recuperado el nivel de estupidez anterior a la crisis proviene de una empresa aún más conocida. El mes pasado, esta compañía mandó a todo su equipo directivo a EEUU durante una semana para hacer un curso con el Instituto del Futuro sobre las diez técnicas más importantes para prosperar.

La primera de éstas se conoce como el “Instinto creativo”, definido como “la capacidad de convertir nuestro impulso creativo natural en una habilidad que defina nuestro futuro y nuestra relación con los demás”. Dado que es dificilísimo saber a qué habilidad se refieren, resulta imposible distinguir si uno tiene o no esa habilidad. A los futuros líderes también se les invita a trabajar su “bioempatía”, “la capacidad de identificarse con la naturaleza y de entender, respetar y aprender de sus costumbres”. Si tenemos en cuenta, por ejemplo, que algunas especies animales se comen a sus crías, sólo nos cabe esperar que nuestros directivos no se tomen al pie de la letra este consejo.

Otra de las técnicas se denomina “Transparencia Tranquila” o la “capacidad de mostrarse abierto y realista sobre lo que nos importa, pero sin llegar a revelar cómo somos”. Ésta es la menos viable de todas. En el futuro, los gestores de éxito tendrán que seguir dándose el mismo bombo que ahora.

Durante cinco días completos ninguno se atrevió a decir: esto es una auténtica estupidez. Todos se callaron y siguieron los consejos sin poner trabas. El motivo de que esta actitud resulte tan escandalosa es que no se trata precisamente de una vieja empresa. Es una multinacional respetada y temida, famosa por contratar a los mejores, quienes, si se parasen a pensarlo cinco minutos, seguramente concluirían que las características del liderazgo en el futuro serán las mismas que en la actualidad.

Estas implican fijar la estrategia adecuada y después ejecutarla, lo que a su vez exige rasgos bien conocidos como inteligencia, decisión y rigor.

Se habrán dado cuenta de que no he nombrado a ninguna de las empresas. Esto se debe a que, pese a que es posible que el mercado bajista de sandeces haya terminado, ese no es el caso del mercado bajista del valor. En la actualidad, el miedo y la paranoia están aún más presentes en la vida empresarial que hace un año. Cada una de las personas que me contó su historia me pidió que no diera pistas sobre la identidad de su empresa. Sabían que, de descubrirse, habría una ejecución pública. Ninguno de ellos albergaba dudas sobre cuál será la principal aptitud de liderazgo en el futuro: la habilidad para conservar tu empleo.

Estamos ante el fin del mercado bajista en el número de estupideces que cometen los jefes. La semana pasada, me topé con dos indicios que apuntan a que el breve flirteo de los ejecutivos con la sensatez, que empezó el día en el que presenciaron los primeros despidos en Lehman Brothers, se ha acabado.

Es momento de superar todos los récord de estupidez. Un amigo que trabaja en una gran multinacional me contaba que, cuando llegó el otro día a la oficina, el departamento de RRHH de su empresa había dejado una botella de agua en las mesas de todos los trabajadores del edificio de once plantas, a las que acompañaba una pequeña tarjetita en la que había dibujados una serie de gotas en diferentes tonalidades, del amarillo al ocre. Éstas representaban el color de la orina dependiendo de la cantidad de agua consumida.

La iniciativa pretendía ser una invitación a los empleados a beber más. Según se decía en la tarjeta, los trabajadores con mayor nivel de deshidratación son menos productivos. Éste es el ejemplo más extremo de intromisión en asuntos que no son de su incumbencia que he visto en un departamento de RRHH. Desde mi experiencia, incluso los niños desde las edades más tempranas saben perfectamente si están deshidratados. Cuando tienen sed, beben. Tan sencillo como eso. Por lo menos, la dichosa tarjeta amarilla, aunque pueda resultar ofensiva y ridícula, tiene que haber salido barata.

Una iniciativa más costosa que nos recuerda que los jefes han recuperado el nivel de estupidez anterior a la crisis proviene de una empresa aún más conocida. El mes pasado, esta compañía mandó a todo su equipo directivo a EEUU durante una semana para hacer un curso con el Instituto del Futuro sobre las diez técnicas más importantes para prosperar.

La primera de éstas se conoce como el “Instinto creativo”, definido como “la capacidad de convertir nuestro impulso creativo natural en una habilidad que defina nuestro futuro y nuestra relación con los demás”. Dado que es dificilísimo saber a qué habilidad se refieren, resulta imposible distinguir si uno tiene o no esa habilidad. A los futuros líderes también se les invita a trabajar su “bioempatía”, “la capacidad de identificarse con la naturaleza y de entender, respetar y aprender de sus costumbres”. Si tenemos en cuenta, por ejemplo, que algunas especies animales se comen a sus crías, sólo nos cabe esperar que nuestros directivos no se tomen al pie de la letra este consejo.

Otra de las técnicas se denomina “Transparencia Tranquila” o la “capacidad de mostrarse abierto y realista sobre lo que nos importa, pero sin llegar a revelar cómo somos”. Ésta es la menos viable de todas. En el futuro, los gestores de éxito tendrán que seguir dándose el mismo bombo que ahora.

Durante cinco días completos ninguno se atrevió a decir: esto es una auténtica estupidez. Todos se callaron y siguieron los consejos sin poner trabas. El motivo de que esta actitud resulte tan escandalosa es que no se trata precisamente de una vieja empresa. Es una multinacional respetada y temida, famosa por contratar a los mejores, quienes, si se parasen a pensarlo cinco minutos, seguramente concluirían que las características del liderazgo en el futuro serán las mismas que en la actualidad.

Estas implican fijar la estrategia adecuada y después ejecutarla, lo que a su vez exige rasgos bien conocidos como inteligencia, decisión y rigor.

Se habrán dado cuenta de que no he nombrado a ninguna de las empresas. Esto se debe a que, pese a que es posible que el mercado bajista de sandeces haya terminado, ese no es el caso del mercado bajista del valor. En la actualidad, el miedo y la paranoia están aún más presentes en la vida empresarial que hace un año. Cada una de las personas que me contó su historia me pidió que no diera pistas sobre la identidad de su empresa. Sabían que, de descubrirse, habría una ejecución pública. Ninguno de ellos albergaba dudas sobre cuál será la principal aptitud de liderazgo en el futuro: la habilidad para conservar tu empleo.


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¿Qué es ser un soldado? por Arturo Pérez-Reverte

Dios lo que me he reído con este artículo de Pérez-Reverte. Tronchante, divertido y como no, con litros y litros de ironía y sarcasmo. Continúa su línea de decir las cosas como son y no enmascararlas de forma que no molesten a nadie. Las cosas claras y el chocolate espeso.

¿La mejor frase? Para mí ha sido la siguiente:

Incluso en una misión de paz se trata de pacificar a hostias, si hace falta.

Os dejo con el artículo completo.

LA MILICIA NO ES ANGÉLICA

Creo que alguien debería explicarle a la ministra de Defensa lo que es un soldado. Me refiero a uno de esos que desfilaron hace un par de semanas con casco y escopeta. Es cierto que la ministra tiene alrededor, en cada foto, un montón de generales y uniformados varios que podrían explicárselo perfectamente. Pero tengo la impresión de que no se expresan bien; tal vez porque a medida que asciendes, te suben el sueldo y te acercas a la jubilación, uno suele volverse menos elocuente. Con lo fácil que sería, por otra parte, abrirle a la titular del ramo el diccionario de la RAE por la palabra soldado, mostrarle que significa persona que sirve en la milicia, llevarla luego a la palabra milicia y hacerle leer algo que no admite equívocos: (Del latín militia. Femenino). 1. Arte de hacer la guerra y de disciplinar a los soldados para ella. 2. Servicio o profesión militar. 3. Tropa o gente de guerra. Es cierto que hay una cuarta acepción: coros de los ángeles, que lleva como ejemplo la milicia angélica. Pero cuidado. Que no se haga ilusiones la ministra. Ahí ya estamos hablando de otra cosa.

Lo que no dice el diccionario, desde luego, es tropa o gente de paz. En sentido recto, soldado remite a lo que debe: un fulano disponible para matar y que lo maten en guerras defensivas u ofensivas. Alguien que por patriotismo, obligación, dinero o lo que estime oportuno, está entrenado para escabechar a sus semejantes; procurando que palmen más fulanos del otro bando que del suyo. El lado turbio del oficio –matarife, a fin de cuentas– se compensa con otros aspectos respetables: disciplina, disposición a soportar penalidades y miserias, y el sacrificio singular de exponerse al dolor, la mutilación y la muerte. Hay gente a la que no le gusta ese paisaje, y desde un punto de vista tan digno como su opuesto defiende la desaparición de soldados y ejércitos, en favor de un mundo ideal –y me temo que imposible– donde la palabra soldado sea un anacronismo. Otros, más realistas, admiten que la existencia de soldados profesionales, que sirven de modo voluntario y aceptan los riesgos del oficio, es necesaria en un mundo imperfecto y violento como el nuestro.

En todo caso, la palabra humanitario nada tiene que ver. Eso no corresponde a los soldados, sino a las organizaciones y oenegés adecuadas. A ellas corresponde poner tiritas, repartir agua embotellada y socorrer a los parias de la tierra. Por el contrario, la misión básica de los soldados –considerando la convención de Ginebra y la conciencia de cada cual– es hacer todo el daño posible al enemigo. Matarlo mucho y bien, inspirarle temor y vencerlo, disuadiéndolo de intentarlo de nuevo. Los soldados no fueron ideados para otra paz que la impuesta por sus bayonetas, ni para inspirar afecto, sino temor. Incluso en una misión de paz se trata de pacificar a hostias, si hace falta. Llegado el caso, lo que se espera de ellos es eficacia letal; de un modo compatible, dentro de lo que cabe en su sangriento oficio, con la decencia y la piedad, cuando se pueda. Que maten más y mejor que nadie, de manera que los intereses de su patria natural o adoptiva, o de la paz ajena que defienden, sean respetados por otros. Eso significa eficacia y ausencia de complejos. Por eso, llegados a tales extremos, las palabras soldado y misión humanitaria pueden ser no sólo incompatibles, sino confusas y hasta mortales.

Es lo que ocurre en España. Incapaces de conciliar de modo inteligente la necesidad de un ejército con la tendencia pacifista de la sociedad occidental actual, nuestros gobernantes –eso incluye al Pesoe como al Pepé– intentan lo imposible: unas fuerzas armadas desarmadas compuestas por soldados humanitarios, cuyo objetivo no es hacer la guerra sino la paz, y a los que se respeta más cuando se dejan matar que cuando matan. Esa imbecilidad se desmorona cuando lo real se presenta en forma de mina, emboscada o combate, y las familias largan en el telediario, con toda razón, que nadie les habló de guerra, y que su chico no fue a que le volaran los huevos, sino a repartir leche condensada. Es entonces cuando la ministra o ministro de guardia en esta charlotada bélico humanitaria del Bombero Torero, atrapados en su propia incongruencia, se adornan con media verónica ahuecando la voz y poniéndose estupendos mientras hablan de la deuda que España tiene con los difuntos y difuntas. Haciendo, además, que éstos queden como pardillos, al negarles incluso la palabra guerra; que, por políticamente incorrecta que sea, es la única que explica una muerte en combate. Cuando en un ejército profesional, voluntario, las familias protestan y se dicen engañadas si sus chicos mueren, alguien no se ha explicado bien. O no tenemos soldados, o los tenemos. Y si los tenemos, es para que palmen sin rechistar cuando les toque. No para que la ministra de Defensa –y sigo sin saber lo que defiende– venga a decirnos, con voz trémula y solemne, que acaban de matar a un cervatillo en el bosque de Bambi.

Link al artículo en XLSemanal.


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El futuro de la ciencia en España

Hoy ha llegado a mis manos un post genial que reivindica el papel de la ciencia en España después de que el gobierno diera a conocer el profundo y drástico recorte que tendrá el presupuesto dedicado a I+D en los próximos presupuestos generales. Puede que estemos en crisis, que sea una crisis muy grave y profunda, pero rebajar el presupuesto en I+D que ya de por si es muy bajo es un gran error. Un ejemplo más de pan para hoy y hambre para mañana. ¿De donde se supone que vamos a sacar el nuevo modelo productivo? ¿Del limbo?

Os dejo con el post “Ciencia española 2020″ que está sembrao:

“Ciencia española 2020 (o La ciencia en España no necesita tijeras)”

(Artículo copiado de Wikipedia el 12 de marzo de 2020)

La década de 2010 a 2020 es conocida como la Era Dorada de los científicos españoles, particularmente de los alquimistas, los grafólogos, los numerólogos y, en general, los capricornio.

En 2011, un español consigue el Premio Nobel de Física, lo que tiene una enorme repercusión mediática en La 2 un domingo de madrugada.

La noche del 31 de diciembre 2011, dos millones de españoles con la FP sin terminar se suicidan después de que Pedro Piqueras abra su telediario diciendo que, según el calendario maya, el mundo se acaba en dos horas. Lamentablemente, el mundo no se acaba y Telecinco lidera el mes.

En 2014, Iker Jiménez se convierte en Ministro de Ciencia e Innovación y declara que las antenas de los móviles dan cáncer porque lo ha leído en la Más Allá. Un mes después, Telefónica quiebra, lo que provoca que 250.000 personas pierdan su trabajo y 47 millones pierdan sus llamadas.

En 2015 la homeopatía pasa a ser considerada oficialmente una ciencia y, sólo ese año, 12.426 españoles mueren de apendicitis en sus casas mientras beben mucho agua.

En 2016, un grupo de científicos del German Cancer Research Center descubren la vacuna contra el cáncer, pero el comunicado coincide con un Barça-Madrid y en España nadie se entera hasta pasados tres años.

En 2017 un taxista español lee un libro de Stephen Hawking y llega al final, lo que provoca que un grupo de adolescentes le propinen una brutal paliza al grito de ¡maricón! y ¡afrancesado!

Ese mismo año, los médicos españoles empiezan a recomendar un innovador tratamiento contra el SIDA consistente en colocar la cama mirando hacia la ventana y dormirse con un mp3 de agua fluyendo. Miles de enfermos de SIDA mueren relajadísimos.

En 2018 el Ministro Jiménez declara que los egipcios tienen poderes mentales, dando lugar a un importante incidente diplomático con Egipto. El Ministro de Asuntos Exteriores egipcio declara: “Sí, tenemos poderes mentales que los españoles desconocen: sabemos sumar”. Pero lo dice en inglés y en España nadie lo entiende.

En 2019 se amplía el presupuesto estatal para ciencia en un 1%, lo que hace que alcance la vertiginosa cifra de 3.200 euros, destinados íntegramente a un señor de Matalascañas que busca en qué parte del cerebro está el alma.

A día de hoy, España es la primera potencia científica empezando por el final y es el único país donde el agua tiene derechos civiles por tener memoria.

Link al artículo original de mi mesa cojea

(Artículo copiado de Wikipedia el 12 de marzo de 2020)
La década de 2010 a 2020 es conocida como la Era Dorada de los científicos españoles, particularmente de los alquimistas, los grafólogos, los numerólogos y, en general, los capricornio.

En 2011, un español consigue el Premio Nobel de Física, lo que tiene una enorme repercusión mediática en La 2 un domingo de madrugada.

La noche del 31 de diciembre 2011, dos millones de españoles con la FP sin terminar se suicidan después de que Pedro Piqueras abra su telediario diciendo que, según el calendario maya, el mundo se acaba en dos horas. Lamentablemente, el mundo no se acaba y Telecinco lidera el mes.

En 2014, Iker Jiménez se convierte en Ministro de Ciencia e Innovación y declara que las antenas de los móviles dan cáncer porque lo ha leído en la Más Allá. Un mes después, Telefónica quiebra, lo que provoca que 250.000 personas pierdan su trabajo y 47 millones pierdan sus llamadas.

En 2015 la homeopatía pasa a ser considerada oficialmente una ciencia y, sólo ese año, 12.426 españoles mueren de apendicitis en sus casas mientras beben mucho agua.

En 2016, un grupo de científicos del German Cancer Research Center descubren la vacuna contra el cáncer, pero el comunicado coincide con un Barça-Madrid y en España nadie se entera hasta pasados tres años.

En 2017 un taxista español lee un libro de Stephen Hawking y llega al final, lo que provoca que un grupo de adolescentes le propinen una brutal paliza al grito de ¡maricón! y ¡afrancesado!

Ese mismo año, los médicos españoles empiezan a recomendar un innovador tratamiento contra el SIDA consistente en colocar la cama mirando hacia la ventana y dormirse con un mp3 de agua fluyendo. Miles de enfermos de SIDA mueren relajadísimos.

En 2018 el Ministro Jiménez declara que los egipcios tienen poderes mentales, dando lugar a un importante incidente diplomático con Egipto. El Ministro de Asuntos Exteriores egipcio declara: “Sí, tenemos poderes mentales que los españoles desconocen: sabemos sumar”. Pero lo dice en inglés y en España nadie lo entiende.

En 2019 se amplía el presupuesto estatal para ciencia en un 1%, lo que hace que alcance la vertiginosa cifra de 3.200 euros, destinados íntegramente a un señor de Matalascañas que busca en qué parte del cerebro está el alma.

A día de hoy, España es la primera potencia científica empezando por el final y es el único país donde el agua tiene derechos civiles por tener memoria.

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Tontos

Uno comprende que tiene que haber tontos, como tiene que haber de todo. Me refiero al tonto social, o sea. Al que normalmente llamamos tonto del haba. Al imbécil de andar por casa. De diario. Son criaturas de Dios, como dijo San Francisco del hermano lobo, si es que lo dijo, y tampoco es cosa de pasarlos por el lanzallamas. O de pasarlos sin más. Tienen tanto derecho a existir como cualquiera. Incluso un tonto evidente, lustroso, bien cebado, de esos que da gloria verlos, tipo cuñado Mariano, hace su papelito en determinados lugares. Decora el paisaje. Sobre todo si, como ocurre a menudo, no tiene conciencia de lo tonto que es. O de lo que puede ser si se lo propone, en plan película de superación deportiva americana, con el entrenamiento y el esfuerzo adecuado.

Y es que un tonto en condiciones, situado en el lugar idóneo, el trabajo, la vida cultural, la política, completa la vasta y asombrosa obra de la Naturaleza. La armonía del Universo. Enriquece la vida, para que me entiendan. Sirve como referencia. Como tontómetro del entorno y como brújula para los demás. Por eso siempre he sido partidario de tener un tonto a mano. No demasiado cerca, ojo. Un tonto es como las escopetas: lo carga el diablo. Pero tenidos a distancia y bajo control razonable, se aprende mucho observándolos. La pega principal es que el tonto tiene una asombrosa capacidad reproductora. Se multiplica como una coneja. Y al menor descuido, te rodea como al general Custer. Ciertos ambientes, sobre todo los políticamente correctos, le son en extremo favorables. Y si además se trata de un tonto de aquí, español, con todos los complejos, inculturas, envidias y estupidez congénita propios de esta nacionalidad esplendorosa y autosatisfecha de la que gozamos, para qué les voy a contar. Si España exportara tontos al extranjero –a veces lo hace, pero sin organización ni método– seríamos la primera potencia mundial. Los tontos españoles son tontos conspicuos, de pata negra. Matizo, a fin de no avivar talibanismos feminazis: los tontos y las tontas. Para qué voy a mentir: en el fondo me hace ilusión. Si el tonto español desapareciera como especie, la cosa sería tan lamentable como la desaparición del toro de lidia, o la del tertuliano radiofónico que con la misma soltura analiza un resultado electoral que la teoría de campos de fuerza de Maxwell. Una de nuestras señas de identidad nacional se iría a tomar por saco. Cuando los últimos vínculos trimilenarios que unen a nuestra ruin tropa se aflojen del todo, y castellanos, catalanes, vascos, andaluces, inmigrantes y demás vayamos cada uno a nuestro aire, como realmente nos pide el cuerpo, sólo habrá dos cosas que nos sigan manteniendo unidos: el fútbol y lo tontos del ciruelo que somos, o que podemos llegar a ser cuando la Historia, la sociedad, la tele, la moda de turno, nos dan la oportunidad. Que suelen dárnosla.

Genial extracto de un artículo de Arturo Pérez-Reverte. Que bueno es que todavía haya gente que no sea politicamente correcta.

Artículo completo publicado en XLSemanal

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